La nostalgia tiene sindicato

por Óscar Domínguez Giraldo

El artefacto es de por sí una obra de arte. Provoca darle un besito a su magnífica complejidad. Verlo no más quita el sueño, como dijo alguno aludiendo a una mujer fatal.

Al cachivache se le puede dar estatus de obra de misericordia. Al fin y al cabo, desde que irrumpió en la pasarela, democratizó la cultura y la información.

En Bogotá, el primer linotipo se armó en 1911 en la imprenta de la Gaceta Republicana de Olaya Herrera. Desde el 11 de noviembre de 1923 celebran su día clásico con discurso, misa y ofrenda floral en el mausoleo de los linotipistas en el cementerio Central, y almuerzo de camaradas en su sede del barrio Ricaurte.

Allí conviven un linotipo jubilado, como sus colegas, y modernos computadores. Se llevan bien. Es la paz total, para decirlo en la jerga petrista.

Se jactan de integrar el sindicato más viejo del país. Hoy por hoy, ninguno de los integrantes de la Asociación Nacional de Linotipistas (Andal) le haría huelga a una siesta. Pero en sus épocas de vacas gordas, paraban y temblaban los diarios que se “abstenían” de circular.

Guillermo «Mago» Dávila. Foto Semanario La Parrilla.

Hasta su muerte, Guillermo el ‘Mago’ Dávila era el encargado de leer el mismo discurso todos los años.

Solo cambiaban el traje del orador y de los asistentes, o el estado del tiempo. Con su sonriente voz de mormón que se ganó el cielo en vida, el bumangués leía con su voz de comentarista hípico:

“Quiso la presidencia de nuestra asociación que por mi condición de mago dirija unas palabras a quienes están en el más allá, manifestándoles todo el respeto y la admiración que tenemos por sus ejecutorias en favor de nuestra profesión, por sus luchas en la búsqueda de una mejor sociedad, y por todo cuanto hicieron por dejarnos una patria mejor…”.

“Los linotipistas, decía el Mago por fuera del eterno discurso no-vembrino, convertíamos las ideas en plomo”. Y sacaba pecho para jactarse de una enfermedad reservada a los alquimistas del plomo: saturnismo. Menos mal se curaban fácil: tomaban aguardiente una semana y leche a la siguiente. Era su forma de pecar y empatar.

García Márquez dijo de ellos que “eran tipógrafos cultos por tradición familiar, gramáticos dramáticos y grandes bebedores de los sábados”.

Como el año entrante cumplen cien años, madrugo a felicitar a este sindicato único de la nostalgia…

ÓSCAR DOMÍNGUEZ
oscardominguezg@outlook.com